viernes, 18 de marzo de 2011

925-

La Fe y La Razón

La vida y la muerte bordada en la boca

Joan Manuel Serrat

En algún lugar del mundo un hombre detiene su mirada en el cuerpo anhelante de la mujer deseada. En la penumbra percibe su hermosura, su olor, el calor de su piel y la inminente fatalidad del encuentro amoroso. Una fuerza incontrolable guía cada uno de sus pasos con voluntad propia. No puede manejarla, no quiere suspenderla. Apenas si puede entregarse mansamente a ese momento milagroso.

A ese empuje que viene desde nosotros, aunque nos inunda y nos sorprende de modo tal que parece ajeno, solemos llamarlo pasión.

Pero situémonos ahora en otra geografía y también en otro tiempo. El lugar es una tierra maltratada y desértica, hace aproximadamente dos mil años. En ese escenario otro hombre está parado frente a una multitud fervorosa que grita de un modo desaforado. Sus brazos estirados se hayan atados a un madero y una corona de espinas hiere su frente. Mira hacia adelante y ve el camino que va a conducirlo hasta la muerte: El camino del Calvario.

Con decisión y con un convencimiento al que intuyo no exento de miedo, comienza su trayecto final. Sabe que es el último acto de una obra que Otro ha escrito y que ha debido protagonizar más allá de su deseo: “Hágase tu voluntad y no la mía”.

A lo largo de su recorrido caerá al piso tres veces. Será insultado y alabado, presa de burlas y de muestras de un amor inmensurable. Luego de esa tercera caída decidirá que ya no volverá a tropezar y con mirada calma, con esa actitud de quien sabe que el destino es fatal e inevitable, llegará a la cima del Gólgota, el Monte de la Calavera. Allí será atravesado con tres clavos y crucificado ante una multitud. Sentirá el frío de la lanza entrar por su costado y, ante su ardiente sed, alguien le dará a beber un sorbo de vinagre.

Cercano al momento final sentirá como una fuerza, la misma que lo había guiado en su difícil camino, se retira de su cuerpo dejándolo solo, con su dolor y su angustia de hombre. Confundido mirará al cielo y sólo atinará a preguntar: “Padre ¿Por qué me has abandonado?” Poco después morirá. Su cuerpo desaparecerá por obra de la divinidad o de los hombres, la fe y la razón se disputan el motivo.

A ese momento cruel y doloroso lo conocemos como “La Pasión de Cristo”.

He aquí dos aspectos diferentes que denominamos con el mismo significante: pasión. Pasión que genera el erotismo más sublime y el dolor de la tortura.

Con uno de sus pies posado en la vereda del deseo y el otro en la del dolor, esa fuerza desbordante nos recorre y atraviesa más allá de nuestra voluntad consciente. La pulsión de vida y la pulsión de muerte unidas en una sola palabra.

Raro artilugio del lenguaje para recordarnos que, de un lado o del otro, siempre habrá algo que no podremos controlar.

Gabriel Rolón

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